Días pasados estuve haciendo memoria de tiempos anteriores. Una de las etapas más felices de mi vida fue cuando empecé a servir en la iglesia. Yo era un caradura, me escurría entre los empleados de la congregación para poder aprender sus destrezas en diferentes campos.
A veces ellos me caían mal, otras veces yo les caía mal. No es para menos, yo era un adolescente. Me encantaba ir cada tarde a la iglesia y preguntarle a uno de mis amigos: ¿en que puedo servirte? ¿te ayudo en algo? Gracias a Dios este amigo mío siempre necesitaba una mano con sus tareas en la congregación y me permitía ayudarle.
A veces yo me equivocaba, cometía errores y él me corregía. Otras veces, las pifiadas eran de mi amigo y quien oficiaba de corrector era yo. Nos complementábamos bien y a la par estábamos aprendiendo.
Y la palabra que resume todo este relato es servicio.
Estaba apasionado por servir, por servirle a la congregación, a Dios, a mis amigos y a la persona que me permitía hacerlo. Me llenaba de alegría mostrar mi talento y desarrollarlo en una congregación (aunque lo que hacía no era muy visible). Vivía feliz en una congregación que me dejaba crecer, equivocarme y corregir mis errores.
¿No es esta la Iglesia que deberíamos tener todos?
Pero este no es objeto de esta entrada. La incógnita sobre la que estuve reflexionando no tiene que ver con el espacio para servir, sino con los mismos servidores. ¿A donde fueron los servidores? ¿Que pasó con ellos?
Por razones de tiempo, ministeriales y orden de Dios, tuve que dejar de servir en la iglesia de la forma en que estaba sirviendo. Tranquilos, no es nada negativo. Dios me quiso llevar a otro servicio. Pero hoy, varios años después de haber estado dentro de ese círculo de aprendizaje y desarrollo de talentos, miro y veo que nadie asoma. ¿Acaso nadie quiere servir? Es la pregunta que me hago y no encuentro respuestas. Nadie se ha acercado en varios años a suplir el lugar que yo tenía ni a desplazarme.
¿Qué pasa con los cristianos? pareciera que cada vez servimos menos. No queremos trabajar gratis, no queremos servirle a nuestra congregación. No nos damos cuenta que haciéndolo desarrollamos nuestros talentos físicos, mentales y espirituales.
Me asombra que ya no hay gente así, o al menos no la veo. No veo a un chico de 12, 13 o 14 años acercarse a los líderes y preguntar: ¿En qué puedo ayudarte? Y lo digo porque ¡soy líder! ¡Dios mío! ¿tanto pudo haber cambiado el mundo en estos años que pasaron? Recuerdo que en mi célula siempre estábamos dispuestos a ayudar, apoyar, organizar y creer en todo lo que nuestro líder nos proponga. ¡Y ni qué decir con nuestro pastor! Recuerdo que cada fin de semana teníamos una idea nueva para nuestra red y tras muchas idas y vueltas concretábamos nuestras propuestas.
Pero ¿qué ha pasado con esos adolescentes atrevidos, que durante los fines de semana se animaban a bajar el reino de Dios del cielo a las calles? ¿a donde fueron esos chicos y chicas que organizaban tardes y noches de talentos en las que, con calidad o sin ella, le regalaban sus mejores dones al Señor? ¿Qué ha ocurrido con ese espíritu de servicio que antes los cristianos (preferentemente jóvenes y adolescentes) teníamos y hoy se ha esfumado?
Sé que hay personas que sirven en sus congregaciones, me consta, pero son pocos los que contribuyen a paliar este déficit en servicio que hay en las iglesias cristianas. Esta no es una crítica contra los que sirven. Es contra aquellos que, durante los fines de semana, van de paseo a la congregación.
Posiblemente las congregaciones se han vuelto más estrictas, legalistas, pragmáticas y complicadas, pero esas no son excusas para no servir dentro de ellas. Mi mejor ejemplo siempre son mis padres y me enorgullezco de eso porque la mayoría de los cristianos no han tenido padres y madres que juntos sirvan en la iglesia.
Y no nos olvidemos de nuestro máximo servidor, aquel que limpió los pies de discípulos. Él sabía mucho de servicio.
so so true.
ResponderEliminar